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Eficiencia productiva y salud de la vaca lechera de elevada producción

Resumen

La integración entre agricultura-zootecnia e industria, hace surgir una problemática nueva, en relación con el costo de los alimentos, la eventual competitividad con el hombre y, en último análisis, con la eficiencia de la ración. Los aspectos extremadamente interesantes de esta problemática vienen claramente catalogados en el presente artículo.

Según Bauman y otros (1985), se entiende por eficiencia productiva lechera absoluta la relación entre la energía (o cualquier otro componente), contenida en la leche producida, y la suministrada a los animales para cubrir sus exigencias: la propia producción de leche junto con el sostenimiento y la eventual recuperación del peso corporal perdido en las primeras fases en la lactación.

Si se piensa que el 50%, y más de los costos de la producción de leche recaen sobre la alimentación, se comprende la importancia del mejoramiento de tal eficiencia. Aún es en cierto modo sorprendente constatar cómo el uso de alimentos «pobres» (forraje y/o subproductos) o «ricos» (concentrados) viene, según los casos, sugerido ya con la intención de mejorar la eficiencia absoluta o relativa, en la conversión de los vegetales en alimentos de origen animal para el consumo humano.

El argumento, para no dar pie a falsas interpretaciones involuntarias o instrumentales, merece esclarecerse:

En primer lugar la eficiencia absoluta de la energía y de las proteínas es muy baja para producciones tales como la carne bovina u ovina (4 - 5%), mientras que siempre a niveles bajos- es mucho mayor para la leche, los huevos, y la carne de pollo, pavo, porcino, etc. figura 1.

En segundo lugar debemos recordar que, de eficiencia relativa es necesario hablar cuando los alimentos ingeridos por los animales no son utilizables para la alimentación humana (forraje y/o subproductos) por lo que su conversión en productos de origen animal, pese a que presuponga pérdidas elevadas de energía, es de ordinario el único modo de aprovechamiento (Engelhardt y col. 1985) De cualquier modo, desde un punto de vista puramente técnico, la eficiencia absoluta acapara nuestro interés, y las enormes diferencias que pueden observarse en la figura 1 encuentran justificación en tres factores:

Aproximadamente el 50% de los costos de producción de la leche recaen sobre la alimentación de la vaca

  • El hecho de que la producción sea fruto de un proceso de secreción, o simplemente de multiplicación y trofismo celular. En el primer caso, de hecho, las sustancias sintetizadas (leche y huevos), sufren de una forma modesta las pérdidas de conversión, que por el contrario sí tienen la carne y grasa.
  • El hecho de que la cuota de energía y/o proteína utilizadas para la producción sea alta (elevada eficiencia) o baja con respecto al total ingerido. De este modo se explican los mejores resultados obtenidos por los animales que crecen más velozmente, en el caso de la carne (por ejemplo, los jóvenes, pero sobre todo los porcinos, pollos y pavos, con respecto a otras especies) o que producen más leche (figura 2) y huevos.
  • Un último factor que no puede olvidarse en el caso de la carne, está representado por la incidencia de los consumos de los reproductores sobre el producto final, que es bastante mayor en los rumiantes, por el bajo número de nacimientos y el notable alargamiento del ciclo (particularmente en los bovinos) en comparación con los cerdos y los pollos.

Limitándonos ahora a los rumiantes, se nos muestra claro cómo es posible al menos a nivel teórico obtener buena eficiencia ya sea con alimentos «pobres» y con alimentos «ricos». Si, en efecto, como ya se ha dicho antes, los animales son alimentados sólo con forrajes o con subproductos no utilizados por otra especie animal, el hombre sacará de ello una ventaja, aunque a menudo se trata de producciones modestas (eficiencia relativa).

Es fácil de comprender que, en el plano económico, tal situación es válida sólo en donde los demás factores de costo son muy reducidos (por la mano de obra, la estructura, las medicaciones, el laboreo de los suelos, etc.) como sucede en las áreas marginales de países desarrollados en Estados Unidos o zonas pastables de las montañas europeas.

Ejemplos más evidentes en este sentido se encuentran en los países en vías de desarrollo:

  • En las inmensas llanuras tipo pampas sudamericanas o tipo sabana africana, en donde el pastoreo itinerante es el único aprovechamiento posible actualmente.
  • En las áreas densamente pobladas de Asia (India en particular) en donde bovinos y búfalos reciben una compensación casi exclusiva a sus producciones: trabajo, leche (y carne a veces), mediante las pajas provenientes de cultivos necesarios para nutrir a los hombres.

Por otro lado, cuando hablamos de producciones de tipo intensivo (leche o carne) en los países desarrollados, no es posible hacer abstracciones de la eficiencia absoluta. Con mayor razón en países como Italia, en donde el forraje alcanza un costo relativamente elevado por una serie de razones: superficie limitada y alto valor de los terrenos; condiciones climáticas que necesitan irrigación; un fuerte input de factores productivos (laboreo de terreno, abonado, cosecha, conservación, etc.), y donde por otro lado el costo de los concentrados está siendo mantenido a niveles relativamente elevados en función de las exigencias de la política de la CE para el sostenimiento de la cerealicultura.

Se entiende por eficiencia productiva absoluta, la relación entre la energía contenida en la leche producida y la energía subministrada a la vaca para cubrir sus exigencias.

En este sentido es positivo combatir muchas creencias en torno a la mayor eficiencia productiva de razas bovinas que se presume que aprovechan mejor los alimentos (razas llamadas rústicas) simplemente porque siendo de clase inferior y menos productivas comerían menos. Los datos observados son sumamente interesantes, según se ve en la tabla 1, de la cual se deduce que, refiriéndonos a los procesos digestivos, es importante el modo de dirigir la funcionalidad del aparato digestivo (manejo), como se dirá más adelante. Todavía de la citada tabla 1 se deduce que para lograr elevar la eficiencia, es muy importante el incremento de la productividad, recurriendo a los medios genéticos (selección) o de manejo; tal incremento productivo se traduce en el animal por una mayor tendencia a dirigir hacia la mama los principios nutritivos disponibles por dos fuentes: aumento de la movilización de las reservas y aumento de la cantidad de alimentos ingeridos.

No está de más añadir a lo dicho, que la diversa distribución de los principios nutritivos entre los tejidoscorporales, incluidos los de la mama, se deriva del caudal genético (del que dependen las diversas aptitudes raciales) aunque esto se haga con la mediación hormonal.

Un ejemplo clásico se ofrece en el trabajo de Bauman y cols. (1985), quienes en vacas cuya producción había sido elevada (38-42 kg/día), pero estaban en fase de descenso, indujeron nuevo aumento del 40% por espacio de 15 semanas, mediante inyecciones diarias de somatotropina (GH). Esta última precisión es importante, puesto que sobre el equilibrio hormonal, además del patrimonio genético, inciden otros factores, entre ellos: la alimentación, el clima, el stress, etc. (Bertoni 1985).

En última instancia, también según Bath (1985), la eficiencia más elevada se obtiene en los bovinos de alta producción por una especie de dilución de la ración de mantenimiento. De hecho, ésta representa alrededor de un 50% de la energía total ingerida cuando la producción es de 15 l/día y sólo el 25% cuando la producción es de 45 l/ día. (figura 2). 

 

En términos económicos es indudablemente oportuno considerar el mayor costo de los alimentos necesarios para los animales de más elevada producción (concentrados y/o forrajes de buena calidad), pero en cualquier caso la ventaja anteriormente ilustrada cubre, dentro de ciertos límites (figura 3) los mayores costos ya mencionados. Podemos añadir que los alimentos «pobres» sólo son realmente convenientes si el costo es bajo con respecto al valor nutritivo, circunstancia que raramente se dá.

Siempre pues, sobre el plano de la eficiencia alimenticia con excepción de la situación en las áreas marginales o en los países del tercer mundo en los que se debe hacer cuenta de los recursos naturales reduciendo las importaciones para aprovechar al máximo ciertos subproductos, tales como las pajas, el problema cambia de signo cuando se trata de elevadas producciones y del equilibrio alimenticio necesario para conseguirlas.

Con respecto a tal equilibrio alimenticio, un reciente artículo de divulgación de McCullough (1985) aparece muy claro: «no existen alimentos baratos y menos, milagrosos, sino sólo alimentos que aportan justamente cuanto necesita el animal para cubrir sus exigencias productivas». La mejor ración es, aquella que a igualdad de costoasegura la más conveniente expresión de la potencialidad genética y presenta las siguientes características: No determina alteraciones en el estado de salud, sea por defecto (cetosis), o por exceso energético (acidosis y otras anomalías digestivas).

No promueve una improcedente respuesta productiva de los animales (por ejemplo exagerando el uso de concentrados) ya que la productividad decrece rápidamente (la cantidad de leche por kg de pienso añadido es inicialmente elevado, pero después tiende a anularse, tanto más rápidamente cuanto menor es la potencialidad genética) por que el costo de producción de un litro de leche al principio decreciente tiende a elevarse (figura 3).

Este último aspecto el primero debe ser respetado, obedece sobre todo a leyes de orden económico, relacionadas con los niveles relativos entre los precios de la leche y los de los concentrados (también en relación con el costo del forraje); así pues no descenderemos a detalles, puesto que los términos del problema pueden cambiar en el tiempo y en las diversas situaciones ambientales.

Intentaremos detenernos un poco en un aspecto que, justamente, el veterinario considera propio: la mejor ración es aquella que asegura productividad pero también un óptimo estado de salud, por lo que es preciso comprender qué comprende el aumento productivo.

Alta productividad y alimentación

Lo que guarda relación con las implicaciones de la productividad sobre las exigencias alimentarias de los animales, basta observar la figura 4, con el enorme aumento de proteína, energía y algunos minerales, sin que exista aumento correspondiente en la cantidad de sustancia seca ingerida. Esto explica el hecho sobradamente conocido de la pérdida de peso de los bovinos en la fase de la máxima productividad (primeros 2 3 meses), que no obstante es considerado fisiológico y –en otras versiones– deseable, siempre que no exceda de un 8-10% del peso vivo en el momento del parto. 

Figura 3. Giro del costo de producciones de 1 kg. de leche en la hipótesis de poseer un costo energético relativamente constante (0,45 U.F.L./Kg.) pero de un precio en crecimiento de U.F.L. con un aumento de la proporción de los concentrados en la ración (como sucede a menudo en Italia) (Wolter, 1985).

Por otro lado, la movilización de las reservas, sobre todo lípidos y en parte prótidos, implíca una función volante insustituible en las primeras fases de lactancia (40-50 días), cuando la capacidad receptiva del aparato digestivo crece mucho más lentamente de lo que debería corresponder según la producción. De hecho, tales movilizaciones no pueden exceder, en términos cuantitativos, una pérdida de peso que supere en mucho 1 kg/día en el primer mes y 0,5 kg/día en el segundo mes, si se quiere evitar la incidencia de cetosis y, por supuesto, una aminoración en la eficiencia de la energía. Recordamos a este propósito que la energía metabolizable (E.M. = E. bruta – E. heces + E. orina + E. gas ruminal) proveniente de los alimentos, se vuelve a hallar en un 65-68% en la leche; en tanto que la E. metabolizable previamente almacenada en los tejidos de reserva, y después movilizada, se encontrará en la leche sólo en un 50-55%.

Así pues, es necesario adecuar la ración de tal modo que se logre que el animal ingiera la máxima cantidad posible de sustancia seca, y con ella, de energía, proteína, minerales, etcétera.

Figura 4. Relación entre producción de leche y las necesidades alimenticias en la producción de leche.

Para obtener tal resultado es necesario evitar el excesivo engorde durante el período de secado. Favorecer una gradual adaptación alimentaria durante las fases terminales de la gravidez (steaming-up). Utilizar forraje de óptima calidad (por digestibilidad y estado de conservación). Mantener un nivel relativamente elevado de proteína (15,5 16,0% de proteína bruta sobre M.S.) de la cual una buena parte ha de estar bajo formas no degradables en el rumen. Eventualmente realizar el picado del forraje, pero no menor de 3-4 cm. Aumentar la concentración energética de la ración.

A fin de que la disponibilidad de energía sea efectivamente más elevada, no se puede simplemente confiar en un incremento de la ingestión de comida, ya que la digestibilidad de la ración disminuye en proporción al aumento de ésta, en particular cuando se trata de niveles alimenticios elevados como los que se requieren para alcanzar altas producciones (figura 5). Al contrario, tal aumento de concentración energética, debe ir emparejada con toda una serie de reglas destinadas a mantener en el rumen condiciones fermentativas normales: pH comprendido entre 6 y 7; relación C2 / C3 entre 3.2 y 3.8; baja presencia de ácido láctico y de bacterias Gramnegativas productoras de endotoxinas (Nagaraja y col. 1979), que son causa de graves desviaciones del metabolismo en general y de la actividad hepática de síntesis en particular (Bertoni y col. 1986).

Por principio, tales objetivos se pueden conseguir con suficiente seguridad a condición de que el aparato digestivo tenga después del parto el tiempo necesario para alcanzar el desarrollo requerido por el más elevado nivel nutritivo, con particular referencia a la rápida absorción de los ácidos grasos volátiles del rumen (AGV) por parte de las papilas (Liebich y col. 1982).

También que se aseguren la actividad neutralizanteamortiguadora, ya sea operando de modo que haya una buena salivación (estímulo de la rumiación para que sea lo más prolongada posible, alrededor de 30’ – 35’ por kg. de M.S. ingerida) o con correctores alimenticios con efecto amortiguador.

Que la microflora ruminal mantenga una suficiente capacidad celulolítica y que no incremente excesivamente los microorganismos productores de ácido láctico (Streptococcus bovis) por la abundancia de almidón (más allá de un 20-25% M.S.) y, al contrario, se difundan los utilizadores de los ácidos y de los disacáridos favorables a la formación pero sin exceso de ácido propiónico (Baldwin y Allison, 1983). 

Figura 5. Relación entre la proporción de cereales en la ración y su digeribilidad (TDN) operando a cuatro niveles diferentes de energía compleja (del sólo mantenimiento = 1x, hasta 4 veces más = 4x).

Por el momento no existe nada que por sí solo esté en condiciones de asegurar el milagro de los susodichos resultados (McCullogh, 1985), por lo que una vez más solicitamos que se desconfié de las fáciles ilusiones y en cambio hacemos hincapié para convencer de que sólo aplicando todas o la mayor parte de las reglas desarrolladas e ilustradas (Bertoni 1986) podrán tenerse garantías de éxito. En síntesis, tales reglas se pueden resumir en: máximo aporte posible de forrajes, formulación de concentrados menos fermentables y modalidad de suministro de los alimentos que tenga en cuenta los conocimientos más recientes sobre la fisiología del aparato digestivo.

Bibliografía disponible en el departamento técnico de Bayer de México, División Sanidad Animal.